Es día 10 de septiembre de 2026. Estamos ansiosos por empezar nuestra nueva aventura hacia Corea del Sur y después Japón.
Como de costumbre, aparcamos nuestro coche en el parking de la estación de FGC de Sant Boi y desde allí tomamos el L77 hacia el aeropuerto.
Nuestro viaje a Seúl consiste en dos vuelos con KLM, haciendo escala en Amsterdam. Elegimos esta ruta debido a los problemas geopolíticos en el Oriente Medio, y la inestabilidad de poder volar sobre esa zona.
El primer vuelo hacia Amsterdam está previsto a las 17:20, pero de camino al aeropuerto recibimos una alerta de que este se retrasa media hora. Ya empezamos mal, pero bueno, facturamos nuestras maletas con normalidad y esperamos en la terminal.
El avión llega, pero nunca hemos visto un avión que tarde más en desembarcarse y volverse a embarcar. Acabamos saliendo a las 18:40, con más de una hora de retraso. Pasamos un viaje con bastantes nervios, pensando que vamos a perder el siguiente vuelo hacia Seúl, que tiene que salir a las 21:35.
Aterrizamos en Amsterdam a las 21:05. Esto quiere decir que en media hora tenemos que desembarcar del avión, cruzar hacia la otra terminal, pasar el control de pasaportes y llegar a nuestra puerta. Parece misión imposible.
Por suerte, la tripulación pide a los pasajeros que dejen desembarcar con prioridad a los que tengan un vuelo en conexión. La gente hace oídos sordos, así que toca arrollarlos para poder salir.
Corremos. Corremos muchísimo por la terminal. Nos colamos también en la cola para mostrar el pasaporte. Por suerte la gente es comprensiva. Seguimos corriendo hasta la puerta de embarque, donde ya no hay nadie embarcando, pero el personal nos dice que llegamos a tiempo. Vaya suerte hemos tenido. Todavía no sabemos cómo lo hemos conseguido.
Este segundo vuelo, es mucho mejor. Aunque sean 11 horas, llegamos puntuales a las 16:35 (del 11 de septiembre).
Salimos tranquilamente del avión y pasamos el control de pasaportes, pero al llegar a la cinta de equipaje, nos encontramos un cartel con nuestros nombres diciendo que pasemos por el mostrador. Eso no puede querer decir otra cosa que indicar que nuestras maletas no han llegado. Efectivamente, llegamos al mostrador y nos dicen que nuestras maletas se quedaron en Amsterdam.
En ese momento estamos desesperados. Hemos facturado todo nuestro equipaje y no tenemos para ponernos ni calzoncillos nuevos. De hecho, Lorena va con crocs para estar más cómoda en el avión. ¿Cómo narices vamos a visitar Seúl así?
Con tranquilidad ponemos la reclamación y abandonamos el aeropuerto por la puerta de «nada que declarar», obviamente.
Para llegar a Seúl tomamos el AREX (Airport Express), que nos lleva al centro de la ciudad en unos 45 minutos.
En este momento no sabemos muy bien que hacer, ya que estamos sin nada. Antes de ir al hotel decidimos quedarnos por la zona de la estación de Seúl y comprar algo básico que necesitemos.
Por si alguien más se encuentra en la situación, por la zona de la estación compramos en varias tiendas:
- Zara: algún pantalón, jersey, camiseta y zapatos.
- Lotte Mart Zettaplex: es como un pequeño Alcampo. Aquí compramos camisetas básicas y ropa interior.
- Olive Young: la conocida tienda de cosméticos y droguería de Corea del Sur. Aquí compramos todos los artículos de higiene que vamos a necesitar (desodorante, cepillo de dientes, pasta de dientes…).
En total nos gastamos unos 380.000 ₩ (250 € aproximadamente). Parece mucho, pero la verdad es que la ropa está un poquito más cara que en España. También creemos que hemos sido legales y que no nos hemos aprovechado, ya que por ahí hay tiendas de ropa de marca dónde podríamos haber comprado cosas más caras y quedárnoslas.
Ahora sí, toca movernos a nuestro hotel, que está en la zona de Insa-dong. Antes de coger el metro, entramos en un GS25 que hay en la estación, y compramos dos tarjetas T-Money. Estas tarjetas van a ser muy útiles para poder usar el transporte público, ya que son tarjetas recargables que se pueden usar sin contacto en los tornos de la estación. Estas tarjetas siempre se tienen que recargar en efectivo. De hecho, es para una de las pocas cosas que vamos a usar el efectivo en Corea del Sur.
Llegamos a la estación de metro cercana al hotel. Es viernes por la noche y es una zona súper animada. Hay muchísimo ambiente. Muchos restaurantes en la calle con mesas, donde no cabe ni un alfiler. Casi todos son coreanos, disfrutando de una cena antes del fin de semana.
Nuestro hotel (Tradiup Hotel) está en un callejón. Está muy bien, porque nuestra ventana da hacia una calle trasera donde no se escucha nada de ruido. La habitación es pequeña, pero es completa y está bien.
Cenamos algo por la zona.
Cena: 그때그집두루치기
Desde fuera se ve un sitio muy cutre y pequeño, pero está lleno de coreanos cenando, así que no puede ser tan malo.
Pedimos para comer un Budae Jigae (como un cocido con fideos, con carne y salchicas) y un Buchu Jeon (típica tortilla de ajos tiernos). Todo está rico, pero nos damos cuenta que en Corea los platos son bastante grandes, y no nos lo podemos terminar. También descubrimos que en Corea vamos a comer mucho picante, a no ser que pidamos lo contrario.
Precio: 27.000 ₩ (aprox 18 €)
Volvemos al hotel a intentar descansar, ya que entre el jetlag y los nervios por pensar dónde estarán nuestras maletas, no podemos dormirnos hasta tarde.
Dormimos en: Tradiup Hotel